Estudio Biblico Tiquico

Estudio Biblico Tiquico

Roberto Saldias Roa
«EL ARREBATAMIENTO DE LA IGLESIA Y LA PRIMERA RESURRECCIÓN»

“¡Maranata!” … “El Señor viene” (1 Corintios 16:22)

   La Pascua de la Resurrección es el signo de la era actual, que empezó con la resurrección del Redentor y termina con la resurrección de los redimidos. (Oseas 6:2. Nos dará vida después de dos días; en el tercer día nos resucitará, y viviremos delante de él). Entre estos dos polos se extiende la época de la resurrección espiritual de quienes participan de la vida del Señor resucitado (Ro. 6:4-11. Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; más en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.  ▬ Col. 3:1. Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios.). Nuestra vida se desenvuelve, por lo tanto, entre dos resurrecciones, tocándonos el deber de brillar como luminares en el mundo entre estas dos manifestaciones del resplandor de la luz eterna (epifanía, Fil. 2:15. para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo; ▬ 2 Ti. 1:10. pero que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio; ▬ Tit 2:13. aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo). En la potencia de la primera resurrección proseguimos adelante hacia la segunda, pues el levantamiento de la Cabeza garantiza la nueva vida de todos los miembros. y el árbol de la vida de la resurrección ha de llevar fruto de plena madurez.

La esperanza de la Iglesia incluye las cuatro fases siguientes:

  • El arrebatamiento de la Iglesia y la primera resurrección (1 Ts.4: 13- 18. Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él. Por lo cual os decimos esto en palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron. Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Por tanto, alentaos los unos a los otros con estas palabras.).
  • El tribunal de Cristo (2 Co. 5:10. Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.).
  • Las bodas del Cordero (Ap. 19:7-8. Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos.).
  • El dominio venidero de los santos sobre el mundo (1ª Co. 6:2-3. ¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿sois indignos de juzgar cosas muy pequeñas? ¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¿Cuánto más las cosas de esta vida?).

EL MOMENTO DEL ARREBATAMIENTO

Las dos resurrecciones

   Las Sagradas Escrituras no enseñan que habrá una resurrección general y simultánea de los muertos seguida por un juicio único y final que abarque tanto a los justos como a los injustos. Antes bien presenta una “resurrección de entre los muertos” (Lc. 20:35), o sea una primera resurrección (Ap. 20:6) y aun recalca que es una “resurrección para fuera de entre los muertos” (Fil. 3:11, lit.). En 1ª Corintios 15: 15-24 se habla de distintos órdenes en relación con la resurrección, y se subraya que éstos se hallan separados por distintos períodos de tiempo: “Porque como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. Mas cada uno en su propio orden (divisiones en un ejército): Cristo las primicias; luego (después) los que son de Cristo, en su venida; luego (después) el fin…” (es decir, el fin de la resurrección, cuando se levanten los muertos que habrán quedado, 1 Co. 15:22-24).

   En el Antiguo Testamento “la resurrección para vida eterna” y “la resurrección para vergüenza y confusión perpetua” se presentaron en un solo cuadro (Dn. 12:2, 13), característica que perdura aún en ciertas profecías del Señor Jesucristo (Jn. 5:28-29; cp. Hch. 24:15) pero en el curso del desarrollo de la revelación profética (Jn. 16:12-13) los dos aspectos llegaron a distinguirse como dos acontecimientos distintos: la resurrección de los justos antes de la inauguración del reino mesiánico, y la resurrección de los injustos después del reino milenial, al fin del mundo. El versículo clave es Apocalipsis 20:4-5: “Estos [los sacerdotes de Dios y de Cristo] vivieron y reinaron con Cristo mil años. Pero el resto de los muertos no tomaron a vivir hasta que sean cumplidos mil años.” Como parte esencial de la glorificación del Cristo como Cabeza, los miembros suyos han de participar en una resurrección especial, que corno la suya propia, es una “resurrección de entre los muertos” (Mr. 9:9-10; Lc. 20:35). Términos como éstos se hallan 34 veces en relación con la resurrección de Cristo (p. ej., l P. 1:3; Gá. 1:1) y cuatro veces en relación con la resurrección de los suyos (Mr. 12:25; Lc. 20:35; Hch. 4:2; Fil. 3:1 1).

  • La primera resurrección habla de su hora en el programa de Dios (Ap. 20:5, 6).
  • La resurrección de entre (o fuera de) los muertos señalan su extensión (Fil. 3:11; Lc. 20:35).
  • La resurrección de los justos indica su carácter (Lc. 14:14).
  • La resurrección para vida eterna recalca la consumación de la salvación (Dn. 12:2; Jn. 5:29).

   Por lo tanto, la Palabra declara solemnemente: “Bienaventurado y santo es aquel que tiene su parte en la primera resurrección” (Ap. 20:6).

Los “días” de Dios

   La primera manifestación del Cristo señaló el principio de los “postreros días” en el calendario de Dios (Hch. 2:17), y los primeros cristianos estaban convencidos de que la encarnación del Hijo había dado comienzo al “tiempo del fin” (He. 1:2; Jn. 2:18). Cristo es la meta hacia la cual los siglos anteriores progresaban (Hch. 9:26) de modo que su primera manifestación es el principio del fin, de la forma en que su segunda manifestación señalará el fin del fin. Por eso dice Pablo que los “fines de los siglos” han venido a parar sobre nosotros que vivimos en esta edad mesiánica y cristiana (1ª Co. 10:11). Como dijera Ph. Bachmann: “La Iglesia de Cristo es la meta de la historia.” Según el Nuevo Testamento, pues. la historia del fin no es solamente la de la crisis final, sino la de toda la historia de la salvación, en la que se ve el desarrollo progresivo de la historia del fin. En Cristo se ha manifestado el principio de la consumación, de modo que todo lo sucedido después se incluye ya en la historia del “tiempo del fin”.

    El día de salvación (2 Co. 6:2) es el “día” en que la gracia busca a los perdidos, o en otras palabras, la “hora” de la plena proclamación de la salvación, y a la vez la “hora” en que los verdaderos adoradores adoran al Padre en espíritu y en verdad” (He. 4:7; Jn. 16:25; 4:21-23). La meta del día de salvación es:

   El día de Dios (2 P. 3:12) que abarca la nueva creación de los cielos y de la tierra, siendo también el “día de la eternidad” (2 P. 3:18, VHA). Entre estos dos “días” se extiende:

   El último día. Este “día” indica un período prolongado (2 P. 3:8) que empieza con la resurrección de los justos y termina con el juicio de los perdidos (Jn. 6:39-40, 44, 54; 11:24; 12:48). Puesto que el reino mesiánico (el milenio) halla lugar entre estos dos extremos, abarca un período de más de mil años (Ap. 20:5). Empieza con el recogimiento de la Iglesia, o sea el “día de Cristo” (Fil. 2:16; 1:6, 10; 1 Co. 1:8; 2 Co. 1:14, etc.) que coincide con el “día del Señor» (día de Jehová de los profetas del A.T.) en la tierra (2 Ts. 2:2-4, VHA; Joel 2: 1-2; 3: 14) y se prolonga a través del reino glorioso del Mesías, cuando se cumplirán “aquellos días” tantas veces mencionados por los profetas, del resplandor de la tierra vieja (Jer. 3:16; Joel 3:2; Zac. 8:23, etc.). Terminará con el “día del juicio” (Mt. 10:15; 11:22, 24; 12:36) cuando tanto los hombres como los ángeles recibirán sus recompensas (Jud. 6) y se llegará al ajuste final de toda cuestión pendiente del gran trono blanco (Ap. 20:11-15; 2 P. 2:9; 3:7; Ro. 2:5).

   Este “día postrero” amanece con la “estrella de la mañana (2 P. 1:19; Ap. 22: 16), pero se levanta una gran tormenta antes del mediodía (Ap. 6-19) que pasa para dejar lugar a la claridad del sol a mediodía y por la primera parte de la tarde (Mt. 4:2 que se refiere al reino milenial), habiendo fulgor de relámpagos otra vez hace el anochecer (Ap. 20:8 que describe la rebelión de Gog y Magog y su juicio fulminante).

   El fin del “día postrero” dará lugar a la clara luz del día de la eternidad, y a la nueva creación surgirá de las ruinas de la destrucción del sistema viejo y caducado.

La consumación del siglo

   La consumación de este siglo se señalará por la venida y la manifestación del Señor. La hora exacta del arrebatamiento de la Iglesia no puede determinarse, y todos los cálculos, aun de hermanos entendidos y espirituales, han fallado, sin hablar de las predicciones contradictorias de los adventistas, etc. “No toca vosotros saber los tiempos o las sazones” dijo el Maestro antes de su ascensión (Hch. 1:7; cp. Mt. 24:36 y Mr. 13:32) y hacemos bien en respetar el secreto. Desde cierto punto de vista el tiempo de la gloria está cerca, porque el Señor declara: “He aquí que vengo en breve” (Ap. 22:20; 2 P. 3:8-9), pero desde otro punto de vista está distante, ya que se dice del Esposo que tarda en la parábola de las diez vírgenes (Mt. 25:5), como también en otra parábola el hombre noble se fue a una tierra distante para recibir un reino, y solamente después de largo tiempo volvió a hacer cuentas con sus siervos (Lc. 19:11, 12; cp. Mt. 25:19). Como es normal dentro de la perspectiva profética, lo cercano y lo lejano se tocan. Como lección práctica hemos de velar, puesto que nuestro Dios desea que estemos alerta y dispuestos para pasar a la eternidad. Los acontecimientos del fin han de ocupar el primer lugar en nuestro pensamiento según la exhortación: “Estén ceñidos vuestros lomos y vuestras antorchas encendidas, y vosotros semejantes a hombres que esperan cuando su señor ha de volver” (Lc. 12:35-36, 40; cp. Mt. 25: 13; Mr. 13:32-37).

   Aun entre hombres eminentes por su santidad y erudición bíblica han existido siempre muchas diferencias de interpretación en cuanto a los detalles de la profecía por cumplirse aún, y este hecho debiera salvamos de todo dogmatismo, induciendo en nosotros un espíritu tolerante que no cese de inquirir reverente y humildemente en los arcanos de Dios. Es en este espíritu que hemos de fijar nuestra mirada en los últimos tiempos y considerar los diversos aspectos de la venida de nuestro Señor.

  • Con relación al reino universal de Cristo, su venida determinará la “consumación del siglo”.
  • Con relación a la ausencia actual del Señor de los suyos. Su venida será la parousía (su llegada y su presencia después).
  • Con referencia al encubrimiento de Cristo de la vista del mundo en este siglo, será la revelación (apocalipsis).
  • Con referencia a la gloria del Cristo, será una brillante manifestación (epifaneia).

   La frase “la consumación del siglo» se halla cinco veces en el Nuevo Testamento, y siempre en Mateo: 13:39; 13:40; 13:49; 24:3; 28:20).

   Parousía se halla 17 veces en el Nuevo Testamento con referencia a la segunda venida de Cristo (Mt. 24:3, 27, 37; l Co. 15:23; 1 Ts. 2:19; 3:13, etc.). No significa solamente la venida, sino más bien la llegada de una persona y su estancia y presencia después de haber llegado (l Co. 16: 17; 2 Co. 7:6). En el mundo oriental de los tiempos de Pablo los términos parousía y Epifaneia se empleaban corrientemente para la visita de un rey o emperador, y se hallan referencias en las crónicas de entonces a la parusía de Nerón y a la Epifaneia de Adriano, etc. En el pensamiento de los cristianos del primer siglo, estos términos subrayaban el concepto de la realeza de Cristo, como “Rey de gloria”. “He aquí tu Rey vendrá a ti!” (Zac. 9:9). Apocalipsis o revelación se aplican cinco veces al retomo del Cristo (1 Co. 1:7; 2Ts. 1:7; 1 P. 1:7-13; 4:13).

  Epifaneia. La base de este término es la palabra griega phaino, bhillar como en Juan 1:5; y pone de relieve el resplandor de la gloria intrínseca del Señor.

LA NATURALEZA DEL ARREBATAMIENTO DE LA IGLESIA

   Los pasajes básicos son 1 Corintios 15:51 y 1 Tesalonicenses 4:16-17 con sus contextos: “He aquí os declaro un misterio: todos ciertamente no dormiremos, mas todos seremos transformados… Porque el mismo Señor con aclamación, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero; luego nosotros, los que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire; y así estaremos siempre con el Señor.”

   Podemos discernir cinco facetas o momentos en este gran acontecimiento:

  • Un arrebatamiento fuera del mundo.
  • Un arrebatamiento para el cielo.
  • Una transfiguración.
  • Un triunfo.
  • Una entrada en un estado de bendición.

El arrebatamiento fuera del mundo

   Al ser arrebatados dejaremos atrás toda angustia y aflicción del alma y del cuerpo (2 Co. 5:2, 4; Fil. 3:21) y seremos librados de toda persecución y opresión en manos de los enemigos, y aun de la presencia del pecado y de la muerte (Ro. 6:6; 7:24). Es el día en que empezaremos a reposar con todos los santos, y el “día de la redención [venidera]” (2 Ts. 1:7; Ef. 4:30; Ro. 8:23).

   El arrebatamiento de los santos es, por lo tanto, una operación de la gracia de Dios, “la gracia que se os ha de traer cuando Jesucristo fuere revelado” (1 P. 1:13, VHA) que nos librará”, aun de la presencia del pecado.

   Es también una operación de la misericordia de Dios: aquella misericordia que esperamos “de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna” (Jud. v. 21) y que nos librará de toda tristeza; “la gracia quita el pecado, y la misericordia quita la tristeza” (John Bengel).

   Es, además, una operación de la omnipotencia de Dios, que nos transformará en la semejanza del Redentor, dándonos posesión del glorioso cuerpo espiritual. En aquel momento el mismo poder que mueve el universo actuará sobre nuestro cuerpo con el sorprendente resultado que Pablo describe en Filipenses 3:21: “El cual transformará nuestro cuerpo de humillación para ser semejante a su cuerpo de gloria, según la operación con que él puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.”

   Pablo se sirve del vocablo griego harpao para describir este arrebatamiento (1 Ts. 4:17), que significa echar mano a una persona precipitadamente y robarle con violencia o arrebatar por medio de un movimiento repentino. Así Lucas empleó la palabra al describir cómo Pablo fue arrebatado por los soldados romanos en medio de la turba de sus opresores (Hch. 23:10). En 1 Tesalonicenses 1:10 Pablo dice que el arrebatamiento es una liberación de la ira venidera”, cuando la palabra que emplea es rhuo, o liberar con poder (cp. 2 Ti. 4:17). Notemos además el cúmulo de metáforas militares que emplea el apóstol en relación con el gran acontecimiento ya que el Señor “descenderá con voz de mando”, con “pregón de arcángel» y con “trompeta de Dios» a la cabeza de las huestes celestiales con el fin de recoger a sus guerreros que han luchado en la tierra, uniéndolos consigo mismo para siempre.

Un recogimiento para el cielo

   Llegamos aquí al aspecto más importante de la venida, ya que los miembros han de unirse manifiestamente con la Cabeza y estarán con El para siempre (l Ts. 4:16-17). Según la figura de Efesios 5:27 Cristo presentará la Iglesia glorificada a sí mismo como “Esposa” perfeccionando así su propia gloria como Redentor (Ef. 1:23). Esta relación personal se recalca también en Juan 14:2-3: “Vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy nosotros también estéis.”

   Además, todos los miembros se unirán los unos con los otros, ya que los que viven serán arrebatados juntamente con aquellos que habrán muerto en cuanto al cuerpo, y por vez primera se verá en su armonioso conjunto la Iglesia de todos los tiempos y de todas las tierras, pero no sobre la tierra, sino en el aire” (1 Ts. 4:17). Hasta el momento del arrebatamiento las iglesias existen en número plural (Ap. 22: 16), y solamente se halla sobre la tierra en un tiempo determinado aquella parte de la Iglesia que corresponde a una generación dada, pero en el gran acontecimiento habrá un ascenso, no de un solo Elías rodeado de los carros de Israel y de su gente de a caballo, sino de millones de santos, atraídos por la santa potencia de Dios, quienes llenarán las regiones celestes de sus aleluyas.

La transfiguración

   En el aire se ha de producir un maravilloso cambio que transformará el cuerpo de nuestra humillación en el cuerpo resucitado de gloria, y en “un abrir de ojo” esto corruptible será vestido de incorrupción, y lo mortal de inmortalidad (Fil. 3:21; l Co. 15:51, 53).

El triunfo

   Es significativo que esta transformación ha de realizarse precisamente “en el aire”, que es la base actual de las operaciones del “príncipe de la potestad del aire» (Ef. 2:2; 6:12). En el mismo cuartel general del enemigo, pues, el Vencedor se reúne con sus huestes, como manifestación de la más excelsa victoria que pueda imaginarse, echándose de ver que tanto Cristo como los suyos han triunfado de la manera más absoluta.

La introducción al estado de bendición

   La esfera de las luchas y los padecimientos habrá quedado muy atrás, y los santos entrarán con su Señor en las esferas de eterna bienaventuranza. Por eso la venida se llama la “bienaventurado esperanza” de los creyentes. “¡Despertad y cantad, vosotros que moráis en el polvo! Porque como el rocío de hierbas es tu rocío, y la tierra echará fuera los muertos” (Is. 26: 19; cp. Is. 35: 10; 51:11).

EL CUERPO ESPIRITUAL DEL PORVENIR

Es una necesidad

   ¿Por qué ha de haber precisamente una resurrección del cuerpo? ¿No bastaría que el espíritu en su pura esencia fuese redimido? La razón se halla en que el cuerpo no se ha de considerar como la cárcel del alma, sino como parte esencial del hombre total, sin la cual se halla desnudo (2 Co. 5:3). Además, aun aquí abajo el cuerpo terrenal ha sido ennoblecido por ser hecho “templo del Espíritu Santo”, y por lo tanto no puede ser abandonado (Ro. 8:11; 1ª Co. 6:19).

   Por la acción del pecado sobre el ser humano el alma y el espíritu se separan del cuerpo por la muerte física, de modo que, sin la resurrección del cuerpo, algunos de los efectos del pecado quedarían en los redimidos por la permanencia de tal separación. Dios, sin embargo, creó al hombre como un conjunto armonioso, y como tal le ha de redimir. La mera permanencia del espíritu en un estado de inmortalidad no sería más que una continuación parcial de la vida total del hombre, y así la redención también no pasaría de ser parcial. Dios no abandona la obra de sus manos; la materia es un pensamiento suyo como Creador, siendo el producto de sus poderosas operaciones, y por lo tanto, no puede permitir que alguna parte de sus redimidos permanezca en la muerte. Solamente por medio de la resurrección del cuerpo podrá ser “sorbida la muerte en victoria» (1 Co. 15:55-57; 2 Co. 5:4; Is. 25:8; Os. 13:14).

   Por consiguiente, es imposible que Dios permita una redención que no haga más que libramos del cuerpo, sino que ha de haber una redención del mismo cuerpo (Ro. 8:23). Cristo, por lo tanto. considera el levantamiento de los muertos como su obra característica en su calidad de Salvador, siendo El mismo resurrección y vida (Jn.5:21-29; 11:25). De ahí las reiteradas declaraciones del capítulo 6 del evangelio según Juan (6139, 44, 54): “Ninguno puede venir a mí si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitare’ en el día postrero el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el día postrero.”

Es una realidad

   Se ha dicho que Dios obra preferentemente por una manifestación del espíritu por medio del cuerpo, como puede verse al considerar lo que los evangelistas dicen del cuerpo de resurrección del Señor Jesús, que era visible a los ojos humanos, y palpable al contacto de las manos. El Señor resucitado se dignó comer miel y pescado, testificando que su cuerpo era de “carne y hueso”. “Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy: palpad y ved, que el espíritu no tiene carne ni hueso como veis que yo tengo” (Lc. 24:39; cp. 24:40-43 y Jn. 20:27). La palabra griega es ostea (hueso) que se halla tanto en Juan 1:36 como en Hebreos 11:22.

   Es pues falsa la enseñanza de que el Resucitado no tenía un cuerpo real, sino solamente el poder de hacerse visible por medio de un cuerpo, utilizando tal cuerpo únicamente con el fin de manifestarse a los hombres, abandonándolo después de sus apariciones. Tal teoría contradice abiertamente el pasaje que hemos visto en Lucas 24:39, en el que el Señor declara que no era sólo espíritu. Según la errónea opinión que examinamos, habría sido normalmente espíritu sin carne y hueso, en cuyo caso habría engañado a sus discípulos al decir: “Un espíritu no tiene carne y hueso como veis que yo tengo”, y debiera haber dicho en tal caso: “Un espíritu no puede asumir carne y hueso.”

   El Resucitado es la norma y prototipo de la vida de todos los santos que se hallarán perfeccionados delante del trono celestial, y nuestro cuerpo de resurrección se conformará a su cuerpo de gloria (Jn. 3:2; Ro. 8:29; Fil. 3:21; I Co. 15:49). En su Cuerpo, por lo tanto, percibimos ciertas características básicas que corresponderán

a nuestro cuerpo futuro, y si el suyo consiste de materia glorificada como fundamento, el nuestro será igual.

   En 1 Corintios 15:50 leemos que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, pero eso no contradice lo que venimos exponiendo, porque el contexto aclara que se refiere a carne y sangre sin transformar y sin glorificar. Hemos de interpretar 1ª Corintios 15:44 de igual manera. Es muy cierto que el cuerpo de resurrección se llama espiritual, pero eso no significa que es sólo espíritu sin materia alguna. Es preciso examinar los términos soma pneumatíkon (cuerpo espiritual) y soma psuchikon (traducido por cuerpo natural o animal). Los adjetivos indican la base de la naturaleza del cuerpo. En el cuerpo espiritual el espíritu dominará de la forma en que domina el alma en el cuerpo actual, pues psuchikon indica aquello que se relaciona con el alma. No quiere decir pues que el cuerpo espiritual consiste solamente de espíritu, como tampoco es verdad que nuestro ser actual consiste tan sólo de alma. El cambio del cuerpo actual (relacionado con el alma) en el cuerpo espiritual de la resurrección no significa el desnudarse de vestidura externa, sino que se habla precisamente de todo lo contrario: “anhelando revestimos de nuestra morada celestial…  porque es menester que esto corruptible se vista de incorruptibilidad, y esto mortal se vista de inmortalidad” (2 Co. 5:2-4; 1 Co. 15:53, 54). La naturaleza y el modo de este cambio no admiten explicaciones, siendo un misterio -como también lo es la constitución de la materia celestial del nuevo cuerpo– que se revelará solamente en la eternidad.

Es una verdadera resurrección

   Por el hecho de ser real el cuerpo nuevo, las Escrituras hablan de la resurrección de cuerpos que salen de sus sepulcros: “Vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán la voz del hijo del hombre» (Jn. 5:28-29). “El cuerpo de nuestra humillación será transformado» (Fil. 3:21). “Este cuerpo mortal será vivificado» (Ro. 8:11). Es el cuerpo sembrado en corrupción que se levantó en incorrupción (l Co. 15:42, 43, 53, 54; cp. Job 19:25. 26).

    Si no hubiera cuerpo espiritual, y si no hubiera una relación directa entre el cuerpo actual y el del futuro, no habría necesidad de abrir los sepulcros, y de hecho no se produciría ninguna resurrección real, pues en tal caso el cuerpo sería completamente diferente. y no este cuerpo que se siembra en corrupción. Tiene que haber, pues, una relación entre el cuerpo anterior y el nuevo. y no sólo entre el alma y la personalidad de ahora y las del futuro.

   Quizá nuestro pobre pensamiento será ayudado a vislumbrar algo de este gran misterio si nos acordamos de que los átomos de nuestro cuerpo se van mudando constantemente por el proceso del metabolismo, y los científicos nos aseguran que se efectúa una transformación total de la materia del cuerpo cada siete años, de forma que no queda después ni un solo átomo de la materia anterior a este período. Pero al mismo tiempo no deja de ser el mismo cuerpo. Por medio de las potencias con las cuales el Creador ha dotado el alma, ésta aprovecha constantemente el material circundante para construir un cuerpo nuevo. El cuerpo en sí, pues, se compone de materiales sacados de la naturaleza circundante, que el alma vivifica y gobierna, amoldándolo todo en una unidad superior que corresponde a su propia esencia.

   Aun en el cuerpo terreno, por lo tanto, la materia no es el elemento que dirige el proceso, pues el control corresponde a aquellas potencias del alma que son capaces de construir el cuerpo. Existe, pues, un elemento en el cuerpo que no se destruye, a pesar de los cambios del metabolismo, y será este elemento permanente que será revestido de la morada celestial en el momento de la transformación y la resurrección del cuerpo. Sólo así podemos formamos una idea de un cuerpo que resucitará, que se describe al mismo tiempo como la semilla del cuerpo que ha de ser. El proceso que consideramos es a la vez una disolución y una reedificación, la conservación de un enlace, y a la vez, una nueva creación.

   El apóstol Pablo se vale de la analogía de una planta que muere, y de la cual no sobrevive más que un solo elemento; pero éste, bajo la influencia de la luz, y aprovechando las riquezas de la tierra, atrae a sí mismo aquella materia que necesita para formar otra planta, que es igual a la anterior a causa del elemento que persiste, pero a la vez es otra (1 Co.15:35-38). Así, aun después de la disolución del cuerpo humano, sobrevive un elemento que encierra en sí la posibilidad de una nueva formación corporal que es una continuación de la primera, y al mismo tiempo nueva. Se puede considerar el alma como el imán del cuerpo de donde procede el poder para atraer y organizar los millones de átomos del cuerpo. En el trance de la muerte el imán pierde su potencia, y los átomos se disgregan, pero en la resurrección el alma recobra su potencia en un grado mucho más perfecto y elevado, en virtud de la cual se vuelve a vestir de un nuevo cuerpo, perfecto y glorioso (2 Co. 5:2-4). Se trata esencialmente de la omnipotencia de aquel que es resurrección y vida: “el cual transformará el cuerpo de nuestra humillación, para ser semejante a su cuerpo de gloria. según la operación con que él puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Fil. 3:21).

  No podemos formamos idea alguna sobre la materia del cuerpo celestial pues se trata de una esfera completamente distinta, velada aun a nuestros sentidos corporales, de modo que no podemos valernos sino de metáforas y de símiles. Pensemos en el diamante con sus múltiples y brillantes facetos, acordándonos de que se cristalizó en las entrañas de la tierra, siendo la “materia prima” un pedacito de carbono negro. Pensemos en el brillo de la llama de una lámpara de gas, acordándonos de que procede del carbón que carece de lustre y forma. Pensemos en las joyas que adornan la diadema de un monarca, acordándonos de que se sacaron de capas de tierra. Así los cementerios de los hombres llegan a ser los semilleros de la resurrección, y siendo del pueblo de Dios, se convierten mediante el “rocío celestial” en los campos de la Resurrección, y del perfeccionamiento del hombre según la promesa (Is. 26: 19).

   Las Escrituras dicen poco de las circunstancias del alma entre la muerte y la resurrección, pero es cierto que el perfeccionamiento del creyente se relaciona siempre con la resurrección, y que no se produce en el momento de la muerte. Las Sagradas Escrituras enfocan su luz sobre la meta, con sólo unas breves referencias u lo que pasa en el intervalo, y así esperamos la venida del Señor, y no la muerte del cuerpo. Sabemos, sin embargo, que para el alma creyente hay un estado de bendición y de espera en el paraíso (Lc. 23:43) con Cristo (Fil. 1:23; 2 Co. 5:8; Hch. 7:59), en el “seno de Abraham” (Lc. 16:22) donde el creyente estará “mucho mejor» que aquí abajo (Fil. 1:23). Para el alma no salva empieza en seguida aquello que se significa por el fuego (Lc. 16:22-24) en el hades mientras espera el juicio final del gran trono blanco (Ap. 20:11-15). Para el creyente la primera ganancia se recibe al pasar a la presencia del Señor, y la segunda en el arrebatamiento (Fil. 1:2I). mientras que no le cabe al incrédulo sino la terrible expectación del juicio de Dios. En ambos casos el cumplimiento es la resurrección o para vida o para muerte (Jn. 5:29).

SIETE FACETAS DE LA GLORIA DEL CUERPO DE RESURRECCIÓN

   Como el nuevo cuerpo no se puede describir en términos de la vida material aquí, las Escrituras no nos dan sino indicios figurados de su naturaleza.

Su espiritualidad

   El cuerpo de nuestra humillación es psuchikos en el que el alma predomina, mientras que el celestial será espiritual, o sea, controlado por el espíritu (l Co. 15:44-46).

Será sujeto al espíritu

   El cuerpo de humillación es un instrumento útil y necesario aquí, pero también limita y estorba el servicio de Dios; en cambio el cuerpo de gloria será el instrumento perfecto de nuestro servicio. El cuerpo de humillación, dominado por el alma, manifiesta cierta independencia del espíritu, que a veces llega hasta un conflicto entre el cuerpo y el espíritu (Ro. 7:5, 23; 1 Co. 9:27; Ro. 6:6), pero el cuerpo de gloria estará bajo el control absoluto del espíritu, y en esta sujeción, será el instrumento perfecto de nuestra vida consumada. Esto es todo lo contrario de lo que experimentamos aquí abajo.

Su superioridad

  Mientras que el cuerpo de nuestra humillación obra en cierta medida en independencia del espíritu, se halla muy sujeto y limitado en lo que se refiere a las condiciones naturales de la vida. En cambio, el cuerpo de gloria precisamente por estar sujeto al espíritu, se halla independiente y libre frente a las condiciones naturales. Este cuerpo necesita el alimento y siempre está expuesto a la enfermedad o a la desgracia, pero el cuerpo venidero gozará de una libertad real, siendo superior a todas las restricciones de la materia, del espacio y del tiempo.

   Por la norma del cuerpo de resurrección del Señor sabemos que será posible comer, pero no necesario, lo que ilustra su superioridad sobre la materia (Lc. 24:41-43).

   El Señor, en cuerpo de resurrección, apareció en el aposento alto, estando cerradas las puertas, lo que indica que el nuevo cuerpo será libre de las restricciones del espacio y de la materia (Jn. 20:19; cp. Lc. 24:31, 36).

   El cuerpo de resurrección es inmortal en la esfera eterna (1 Co. 15:54, 42) de modo que está libre de toda limitación impuesta por el tiempo.

Su exaltación

   Nuestro cuerpo actual es de “nuestra humillación” y también de deshonra, pero en contraste con el cuerpo de gloria pertenecerá a nuestra exaltación (Fil. 3:21; 1 Co. 15:43, 48, 49). La humillación de este cuerpo se echa de ver por las enfermedades que padece, y la muerte que determina su disolución, como también por las circunstancias de su concepción, nacimiento y alimentación (1 Co. 6:13). La dignidad del cuerpo venidero exige que cesen estas condiciones, y el mismo Señor declara que “en la resurrección ni los hombres tomarán mujeres, ni las mujeres maridos, más son como los ángeles de Dios en el cielo” (Mt. 22:30).

   Hemos de fijamos bien en que no se dice que “serán ángeles”, sino que, en cuanto a su modo de existencia, serán “como los ángeles». Ningún ser humano llega a ser un ángel cuando muere, bien que los redimidos estarán en armoniosa comunión con ellos (Hc.12:22; Lc. 16:22). La sorprendente verdad es que seremos mayores que los ángeles, siendo “las primicias de sus criaturas e hijos de Dios” (1 Co. 6:2-3; Stg. 1:18; Ro. 8:14).

Su bienaventuranza

   Las aflicciones y el dolor del cuerpo actual no pasarán al cuerpo de gloria, que existirá en un estado de perfecta bienaventuranza en el que no habrá hambre ni sed, habiendo pasado el llanto. el clamor y el dolor con “las primeras cosas”. En lugar de la corruptibilidad de este cuerpo experimentaremos la incorrupción; no habrá deshonra, sino honra y gloria, y lo que se siembra en flaqueza se levantará en potencia (2 Co. 5:2, 4; Is. 49:10; Ap. 7:16-17; 21:4; I Co. l5:42-43).

Su gloria

    En 2 Corintios 5:1-4 Pablo declara que nuestro cuerpo de humillación es cual una pobre tienda de campaña en contraste con el cuerpo que se compara con un palacio transparente y radiante. Revestido así “los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre” (Mt. 13:43) describiendo su gloria por los símiles que siguen:

  • Como la nieve blanca y deslumbradora (Mr. 9:3; Fil. 3:21).
  • Como el rocío transparente (Is. 26: 19).
  • Como la luna y las estrellas (Dn. 12:3).
  • Como el resplandor del firmamento (Dn. 12:3).
  • Como el sol cuando resplandece en su fuerza (Mt. 13:43; 17:2; Ap. 1:16).
  • Como el mismo Señor Jesucristo en la luz de su gloria (Fil. 3:21; Jn. 3:2; 2 Co. 3:18).

   Hermosísima es la promesa hecha a los entendidos y a los señores de justicia en Daniel 12:3: “Y los entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento, y los que enseñan a justicia la multitud como las estrellas a perpetua eternidad.”

   He aquí la magnificencia que esperamos, comparada con la cual este cuerpo terrenal no es más que una semilla al lado de la gloria de la flor en su pleno desarrollo. De la forma en que es difícil que discernamos el brillo de la amapola en su diminuta semilla, o la majestad del roble en la bellota, o el fructífero manzano en la pequeña pepita, de igual modo pasa más allá de nuestra imaginación comprender toda la gloria del cuerpo venidero al contemplar solamente el cuerpo terrenal que conocemos aquí.

Su conformidad con el cuerpo de Cristo

   El rasgo más glorioso del porvenir de los redimidos será su conformidad con la persona de su Señor: seremos semejantes a Él, porque le veremos como Él es (1 Jn. 3:2) y el cuerpo nuestro será transformado en la semejanza del suyo (Fil. 3:21). Llevaremos su imagen ya que El será el “primogénito entre muchos hermanos” (Ro. 8:29; Col. 1:18; cp. 2 Co. 3: 18). “E1 primer hombre es de la tierra, del polvo; el segundo hombre es del cielo. Cual el que es del polvo, así aquellos que son del polvo, y cual el celestial, así también los celestiales. Y como hemos llevado la imagen de aquel que es del polvo, así también llevaremos la imagen del celestial” (1 Co. 5:48-49, trad. lit.). (Tomado del Triunfo del Crucificado)

El Arrebatamiento-2

AMÉN, PARA LA HONRA Y GLORIA DE DIOS

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Una respuesta a ««EL ARREBATAMIENTO DE LA IGLESIA Y LA PRIMERA RESURRECCIÓN»»

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