Estudio Biblico Tiquico

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Roberto Saldias Roa
«EL TRIBUNAL DE CRISTO». CAPITULO 8

   Lectura Bíblica: «Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.».

   Definición: El tribunal de Cristo (o bema) es un juicio futuro exclusivo para creyentes, descrito en 2 Corintios 5:10, donde se evaluarán las obras realizadas tras la salvación para recibir recompensas, no para determinar la salvación. Se centra en la fidelidad y servicio, examinando motivos y acciones, no para castigo de pecados ya perdonados  

   El tribunal de Cristo

   El retomo de Cristo se describe como la “bienaventurada esperanza» de la Iglesia (Tit. 2:13. aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo) pero el acontecimiento se relaciona no sólo con los privilegios celestiales de los santos, sino también con sus sagradas responsabilidades, pues si bien el recogimiento consuela nuestro corazón, el tribunal de Cristo actúa como acicate para la conciencia. Citamos siete aspectos de este tribunal que se presentan en las Sagradas Escrituras.

  • El momento será el “día de Cristo” (1ª Co. 1:8. el cual también os confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo.).
  • El juez será Cristo en persona (2ª Ti. 4:8. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.).
  • Las personas presentes seremos “todos nosotros” (2ª Co. 5:10. Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.).
  • La severidad de la prueba sc presenta como de fuego (1ª Co. 3:13. la obra de cada uno se hará manifiesta; porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cuál sea, el fuego la probará.).
  • La norma que determina la sentencia será la fidelidad de los santos (1ª Co. 5:1-5. De cierto se oye que hay entre vosotros fornicación, y tal fornicación cual ni aun se nombra entre los gentiles; tanto que alguno tiene la mujer de su padre. Y vosotros estáis envanecidos. ¿No debierais más bien haberos lamentado, para que fuese quitado de en medio de vosotros el que cometió tal acción? Ciertamente yo, como ausente en cuerpo, pero presente en espíritu, ya como presente he juzgado al que tal cosa ha hecho. En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesucristo, el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús.).
  • El resultado será o recompensa o pérdida (1ª Co. 3:14-15. Si permaneciere la obra de alguno que sobreedificó, recibirá recompensa. Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque, así como por fuego.).
  • La meta a la que conduce será la gloria (1ª P. 5:4. Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria.).

   El momento es el día de Cristo:

Las frases “el día de Cristo” o “de Jesucristo” o “de nuestro Señor Jesucristo” (1 Co. 1:8; 5:5; 2 Co. 1:14; Fil. 1:6, 10; 2:16.) como también “aquel día” (2 Ti. 4:8; 1:12) y “en su venida» (2 Ti. 4:8), se relacionan con el perfeccionamiento de la Iglesia en un tiempo anterior al establecimiento del reino visible de gloria en la tierra. o sea, antes del milenio. El tribunal de Cristo (gr., bema) se celebra durante aquel período, y ha de distinguirse por lo tanto del gran trono blanco (gr., thronos) que se ha de establecer después del milenio. y de hecho después de la destrucción de todo el universo viejo (Ap. 20:11).

    El tribunal de Cristo debe distinguirse también del juicio que inaugurará el reino milenial (Mt. 25:31-46; Ap. 20:4) que tiene que ver con las naciones en la tierra cuando Cristo venga en gloria, las cuales tendrán que ser juzgadas como preludio al reino en manifestación. El “día postrero” abarcará estos tres juicios, que se celebrarán sin embargo en momentos distintos.

  • El tribunal de Cristo se relaciona con el servicio y el testimonio de la Iglesia, cuyos miembros ya habrán sido arrebatados, y se sitúa antes del reino milenial.
  • El juicio sobre las naciones espera a aquellos que vivirán sobre la tierra en el momento de la venida en gloria. Estas naciones tendrán que presentarse ante el “trono de su gloria» en los comienzos del reino milenial (Mt. 25).
  • El juicio del gran trono blanco será el juicio general de los muertos, y tendrá lugar después del reino milenial (Ap. 20: 12).

   Cristo es el Juez:

   Cristo se describe como el “Señor, el Juez justo» (2 Ti. 4:8).

porque el Padre entregó todo el juicio al Hijo (Jn. 5:22). Por eso el tribunal se describe tanto como el “tribunal de Cristo» como “el tribunal de Dios» (2 Co. 5:10; Ro. 14:10).

   Las personas juzgadas son los redimidos:

   Escribiendo a los santos en Corinto, Pablo insiste en que “es menester que todos nosotros seamos manifiestos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que hubiere hecho por medio del cuerpo, ora sea bueno o malo” con referencia tanto a los ausentes como a los presentes, incluyendo así a todos los redimidos, sea que estén en el cuerpo cuando venga Cristo o que hayan muerto antes (2 Co. 5: 1-10 con todo el contexto). Es muy verdad que todo aquel que cree en el Hijo se halla libre del juicio final de condenación (Jn. 3:24; He. 10:14, 17), no habiendo condenación alguna para quienes están en Cristo Jesús (Ro. 811); sin embargo, todo creyente es el siervo del Maestro que le compró con su sangre, de modo que Cristo habrá de pronunciar sentencia en cuanto a la fidelidad de cada uno, adjudicándose la recompensa o la pérdida que corresponda al servicio aquí abajo. Todo ello requiere un día especial de juicio aun para los creyentes. Desde luego, no se trata de la salvación o de la perdición de las almas que ya son de Cristo, sino de la medida de la recompensa que nos será otorgada por la maravillosa gracia de nuestro Señor (1 Co. 4:2-5; 3:14-15; Col. 2:24; 2 Jn. v. 8; 1 Jn. 4:17).

   La severidad del juicio:

   Hebreos 10:30 declara que “el Señor juzgará a su pueblo”, y Pablo recalca que “la obra de cada cual, será manifestada, porque el día la declarará, porque por el fuego será manifestada la obra de cada uno” (1 Co. 3:12-15). Por lo tanto, con referencia directa al tribunal de Cristo, Pablo habla del “temor del Señor” (2 Co. 5:10-11). Será posible que el creyente sufra daño o pérdida, y que vea la quema de todo lo que parecía ser la obra cristiana de toda su vida, escapándose él “como por fuego”, de la manera en que un hombre se salva de una casa incendiada con nada más que su persona. He aquí las graves posibilidades que tenemos que tomar en consideración en cuanto a nuestra vida y obra (l Co. 3:15; 2 Jn. v. 8; cp. Amós 4:11 y el caso de Lot en Gn. 19:16, 29).

    En 1ª Juan 2:28 leemos: “Hijitos, perseverad en él, para que, cuando apareciere, tengamos confianza, y no seamos confundidos de él en su venida.” La frase traducida “confundidos de él” (me aíschuntiomen ap’ autou) es más literalmente “que no seamos avergonzados de delante de él en su venida”, en contraste con quienes hayan perseverado bien, y que tengan santa confianza cuando su Señor aparezca. No quiere decir que ciertos cristianos serán desterrados de la presencia del Señor, sino que experimentarán un hondo movimiento de vergüenza al comprender que han perdido tantas oportunidades, viendo claramente su poca fidelidad al Señor durante su vida en la tierra. Volviendo a 2 Corintios 5:10 vemos que todos recibiremos según lo que hayamos hecho por medio del cuerpo, “ora sea bueno o malo”, lo que concuerda con Colosenses 3:24, donde el apóstol Pablo declara, con referencia a las recompensas que corresponderán al testimonio de los cristianos en su vida diaria: “aquel que obra injustamente recibirá en pago lo que injustamente hizo, y no hay acepción de personas” (VHA). (Cp. también 1 Co. 3:15; Lc. 19:24; 12:45-48.) Hemos de dar cuidadosa consideración a tales pasajes con la determinación de no embotar el filo de la espada de la Palabra (He. 4:12), pues el ser manifiestos delante del tribunal de Cristo es un asunto de mayor gravedad de lo que generalmente suponemos; y quizá una mera referencia a ganancias y a pérdidas no agote todo el sentido de estas solemnes declaraciones escriturarias.

   Dentro de los límites de nuestra comprensión actual no parece posible llegar más a fondo en este asunto, y nos es difícil vislumbrar de qué modo se pueden combinar tanta gloria y tanta solemnidad, pero hemos de recordar que se trata de la esfera eterna, y sin duda nuestros poderes de percepción y nuestros sentimientos se desarrollarán y se manifestarán de una forma muy diferente de lo que es apropiado a las condiciones actuales de nuestra vida aquí. Pero estas palabras de tanta solemnidad constan en las Escrituras con el fin de que sintamos profundamente la necesidad de manifestar la santidad práctica aquí abajo, unida con un servicio fiel y abnegado. Retengamos gozosamente toda la certidumbre de la salvación. Y toda la seguridad de una obra divina en nosotros, pero sepamos a la vez que nuestra responsabilidad es la de “llevar a cabo nuestra propia salvación con temor y temblor» (Fil. 2: l 2).

   Las normas del juicio:

   Seremos juzgados según nuestra fidelidad en relación con la suma total de los factores de nuestra vida y desarrollo. Tomándose en cuenta no sólo las obras hechas, sino también las posibilidades que se nos ofrecieron; no sólo lo que éramos, sino también lo que hubiéramos podido llegar a ser; no sólo lo efectuado, sino lo omitido; no sólo la obra, sino la calidad del obrero; no sólo lo que logramos sino lo que nos esforzamos por lograr; no tanto el número, sino el peso de nuestras obras (1 Co. 4:1-5; Mt. 25:21, 23; Stg. 4:17; 1 S. 2:3). Las obras realizadas con sacrificio personal tendrán más subido valor que las otras; no se estimará nuestra disposición, sino sólo el amor abnegado; en cuanto a nuestras posesiones, sólo se conservarán aquellas que fueron dedicadas a su servicio.

   ¿Qué de nuestros pecados? Es evidente que Cristo no volverá a juzgar lo que nosotros mismos juzgamos aquí (1 Co. 11:31).

   El resultado:

   Aun frente a su propio pueblo el Señor es también “juez justo” (2 Ti. 4:8) de modo que repartirá las variadas recompensas y las pérdidas según su norma de absoluta rectitud. Algunos no habrán traído más que madera, heno y hojarasca a la gran obra, y todo será quemado; otros habrán edificado sólidamente con oro, plata y piedras preciosas, y su trabajo aguantará el fuego (1 Co. 3:12-15). Los grandes en el reino de los cielos serán los siervos fieles, mientras que los creyentes que habrán sembrado para la carne segarán la corrupción de lo que aparentaba ser la obra de su vida (Mt. 5:19; 25:21; Lc. 19:17; Gá. 6:6-8).

   Algunos serán hallados puros y sin reprensión y no les faltará el premio (Fil. 1:10; 13:14 con 1 Co. 118); otros serán pobres espiritualmente y los tales serán desaprobados y sufrirán pérdida (1 Co. 9:27; 3:15; 2 Ti. 2:5). Algunos tendrán confianza en el día del juicio, mientras que otros sentirán vergüenza (l Jn. 4:17; 2:28). Así cada uno recibirá lo que corresponda a su obra, sin acepción de personas (He. 6:10; 1 Co. 4:5; 2 Ti. 4:8; 1 P. 1:17; 2 Co. 5:10; Col. 3:24-25). La salvación depende de la fe, pero la recompensa corresponde a la fidelidad; en otras palabras, como hijos recibimos la vida del Señor, pero como siervos Él nos dará el premio: “He aquí yo vengo presto, y mi galardón conmigo” (Ap. 22: 12).

   Al fin todos serán salvos y todos serán focos de luz, bien que el resplandor se manifestará en distintos grados (1 Co. 15:40-42); habrá vasos grandes y pequeños en el estado eterno, pero todos serán llenos. Habrá graduaciones y etapas de gloria, pero todos serán felices ya que no hay más que un Señor por encima de los variados ministerios de los muchos siervos (Mt. 25:14-30; 20:1-16).

   Pero, según los pasajes siguientes, habrá coronas especiales para los fieles.

  • El guerrero victorioso recibirá la corona de justicia (2 Ti. 4:8).
  • El atleta que corre bien recibirá la corona incorruptible (1ª Co. 9:25-27).
  • El que es fiel hasta la muerte recibirá la corona de la vida (Ap. 2:10; Stg. 1:12).
  • El obrero desinteresado recibirá la corona del honor (1 Ts. 2:19; cp. l Ts. 3:6; Fil. 4:1).
  • El anciano, ejemplo para el rebaño, recibirá la corona de gloria (1 P. 5:3-4).

   La gloria:

   El tribunal de Cristo será el preludio de la consumación de la Iglesia, y luego se cumplirán las majestuosas palabras del Apocalipsis 19:6-9: “Y oí la voz de una grande compañía, y como el ruido de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos que decía: Aleluya, porque ya reina el Señor nuestro Dios todopoderoso. Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque son venidas las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado…  Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero.»

   Pero simultáneamente con la consumación de la gloria de la Iglesia se inaugurará el “día de Jehová” cuando El “visitará sobre el ejército sublime en lo alto, y sobre los reyes de la tierra que hay sobre la tierra” (Is. 24:21). Entonces le parecerá bien al omnipotentes entregar el gran reino de gloria y de poder a su manada pequeña (Lc. 12:32): “Y vi tronos, y se sentaron sobre ellos, y les fue dudo al hacer juicio” (Ap. 20:4). “Después tomarán el reino los santos del Altísimo” (Dn. 7:18, 22). Aquellos que habrán sido hallados dignos de ello delante del tribunal de Cristo serán designados como los jueces del mundo, formando entonces la aristocracia del reino eterno de los cielos.

    Pero los santos forman conjuntamente un cuerpo, de modo que el individuo no será glorificado antes que la comunidad en su totalidad. La herencia única es de “los santos en luz”, y por eso cada santo tendrá su porción conjuntamente con los demás (Col. 1:12).

El conjunto es superior a sus partes individuales, y conjuntamente los “sacerdotes” y “reyes” forman el reino (Ap. 1:6; 5:10). Siendo que el individuo recibirá su lugar en relación con la totalidad de la obra, no puede ser perfeccionado como tal, sino sólo en conexión vital y personal con toda la comunidad consumada. Por esta razón aquellos que duermen han de esperar el perfeccionamiento de las generaciones futuras (He. 11:40; Ap. 6:10-ll) y el acto de revestir el alma con el cuerpo de gloria no toma lugar en el momento de morir el creyente, sino en la resurrección, cuando los vivos serán también transformados (1 Co. 15:23; Ap. 6:9; He. 12:23; 2 Co. 5:2-4; l Ts. 4:15). La meta es la gloria de la Iglesia como un organismo, y no meramente la del individuo; no se trata solamente de la bienaventuranza de la persona, sino de la manifestación del reino de Dios (Mt. 6: 10).

   Ahora el gran estado universal y cósmico de Dios está bajo el gobierno de príncipes angelicales responsables de ciertas regiones (Dn. 10:13, 20) y de igual manera y en tales esferas la compañía de los santos glorificados enseñoreará como reyes sobre astros y mundos, bajo Cristo su Cabeza: “No sabéis que los santos han de juzgar al mundo?  ¿No sabéis que hemos de juzgar a ángeles?” (1 Co. 6:2-3 con Ap. 22:5; He. 2:5). Por eso el Señor de la Iglesia promete: “Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono” (Ap. 3:21). “Bienaventurados aquellos siervos a los cuales, cuando el Señor viniere, hallare velando. De cierto os digo que se ceñirá y hará que se sienten a la mesa y pasando les servirá” (Lc. 12:37). J. A. Bengel consideraba que esta última promesa era la más sublime de cuantas se hallan en la Biblia.

Amén, para la honra y gloria de Dios.

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