Estudio Biblico Tiquico

Estudio Biblico Tiquico

Roberto Saldias Roa
«LA LUCHA CONSTANTE: EL ESPÍRITU CONTRA LA CARNE»

«LA LUCHA CONSTANTE: EL ESPÍRITU CONTRA LA CARNE»

«El conflicto carne-espíritu en los escritos de Pablo no tiene que ver con una lucha interna de la propia alma, sino con la vida del futuro que el pueblo de Dios ha de vivir en un mundo en que la carne sigue estando muy activa».

   Un buen amigo mío ha escrito recientemente: «tengo la impresión de que, en estos días, los cristianos se dividen en dos grupos: uno que minimiza la importancia del pecado y otro que sabe perfectamente que es una cuestión vital, pero aun así no puede dejar el hábito».» en este capítulo trataremos la situación del segundo grupo. ¡Este tema nos lleva, de hecho, al mundo real! Es triste, pero el contenido de este capítulo refleja la realidad de la vida de muchos cristianos, una realidad de conflictos internos constantes. Muchos de ellos se consuelan con la idea de que Pablo fue su compañero en esta lucha. Si el gran apóstol de la fe se vio obligado a escribir, «porque no hago lo que quiero, sino que lo que aborrezco, eso hago», ¿qué esperanza hay, entonces, para nosotros? De modo que, simplemente, se resignan a la lucha.

   Llegan a este consuelo leyendo Gálatas 5:17, el único versículo del Nuevo Testamento en el que Pablo alude a un conflicto entre la carne y el Espíritu, en el sentido de Romanos 7:14-25 (aunque en este pasaje, el Espíritu no se menciona tanto como en el texto de Romanos, donde el apóstol habla de la batalla que se produce en el alma de una persona que vive bajo la Ley y sin la ayuda del Espíritu. esta desafortunada lectura se acepta como fidedigna, porque el texto de Romanos describe vívidamente algo que es muy real en la propia experiencia. Tristemente, para la gran mayoría de quienes adoptan este punto de vista, la victoria se la lleva la carne. Así, la apasionada afirmación de Pablo, a saber, la suficiencia del ~espíritu para todos los aspectos de la vida en la era presente, se pone a un lado como poco realista a favor de la propia experiencia personal.

   No hay duda de que esta lucha ruge en el corazón de muchos creyentes. A menudo, esta batalla y la sensación de impotencia para superarla es el resultado directo del intenso individualismo de la cultura occidental. La psicología secular y mucha de la enseñanza cristiana se centran en el yo interior: ¿Cómo estoy, según una serie de criterios establecidos de lo que es una vida saludable y equilibrada? Si nos centramos en la lucha interior, no podemos mirar a Cristo o caminar confiadamente en el camino del espíritu. en lugar de expresar el fruto del espíritu, en constante gratitud por lo que él está haciendo en nuestra vida y en la de otras personas, nuestra fe individualista se hace agriamente narcisista: conscientes de nuestros fracasos ante Dios, frustrados por nuestras imperfecciones, fingiendo el amor, gozo, paz y benignidad que desearíamos fueran reales. Nuestra agitación impide que tengamos una actitud abierta hacia el propio espíritu. En medio de este malestar espiritual, Dios acaba casi siempre llevándose las culpas.

   Sin embargo, aunque esta experiencia pueda ser muy real para algunos, Pablo no está tratando esta cuestión cuando, en Gálatas 5:17, habla del completo antagonismo que existe entre el espíritu y la carne. De hecho, el apóstol ni siquiera entendería el conflicto en los términos planteados anteriormente. Su mundo es el del Salmo 19, no el de «la introspectiva conciencia occidental».» En dos versículos consecutivos (12-13) el salmista reconoce primero sus «errores» y «faltas ocultas» y, a continuación, la posibilidad de cometer «pecados de soberbia [o intencionados]». Respecto a los dos primeros, son un reconocimiento de la profundidad de la caída; para tales «faltas ocultas» pide perdón. Su preocupación -y no toma forma de lucha- son los «pecados intencionados». Acerca de los tales su petición es: «que no se enseñoreen de mí». El punto de vista de Pablo es parecido; en Gálatas 5:17 no está hablando de una lucha contra «faltas ocultas», sino de una abierta desobediencia a Dios en forma de «pecados intencionados».

    En este capítulo trataremos, pues, el punto de vista de Pablo acerca del conflicto entre el espíritu y la carne, entre una vida kata sarka (según la carne) y una vida kata pneuma (según el espíritu). Siempre que aparecen estas expresiones en los escritos de Pablo tienen que ver con nuestra presente existencia escatológica, es decir, con lo que significa vivir juntos como pueblo, definido por el cumplimiento «ya, pero todavía no» de las promesas de Dios, en contraste con una vida previa, definida y determinada por el mundo. Lo que quiero decir es que en ningún lugar describe Pablo la vida cristiana como una lucha constante con la carne.» No se refiere a esta cuestión. Lo que quiere subrayar es, más bien, la suficiencia del espíritu para el pueblo de Dios de los últimos tiempos.

   Una idea básica para Pablo es que, igual que en el caso de la observancia de la Torá, para los seguidores de Cristo, el tiempo de la carne ha pasado. Según Romanos 7:4-6, con el nuevo pacto, Cristo y el espíritu han llevado a su fin el tiempo de la Ley y de la carne, que pertenecen a nuestra existencia anterior a Cristo y fuera de ÉL. Seguir viviendo de este modo es incompatible con «la vida según el Espíritu» (Ro 8:5-8). El punto de vista de Pablo, sin embargo, no representa una postura triunfalista, como si quienes viven por el espíritu nunca fueran a ser tentados por la antigua vida en la carne, o nunca fueran a sucumbir a ella. Ambas cosas sucederán; y cuando ocurran, existe perdón y generosa restauración.

“En ningún lugar Pablo describe la vida cristiana como una lucha constante con la carne”

Un análisis cuidadoso de los textos clave de este tema (Gál 5:17 y Ro 7:14-25) demuestra que éste es el punto de vista de Pablo. Pero, antes de acometer este análisis, será de ayuda estudiar primero el uso que hace Pablo del término «carne».

«EL SIGNIFICADO DE: «CARNE» EN LOS ESCRITOS DE PABLO»

   El lugar adecuado para iniciar este estudio es el Antiguo Testamento, puesto que el uso de Pablo tiene su origen en estos escritos. El término hebreo basar se refiere principalmente a la carne de los cuerpos y, por derivación, también en ocasiones a los cuerpos mismos. en algunas ocasiones, esta palabra extiende su significado para denotar el carácter frágil y dependiente del ser humano como criatura, en contraste normalmente con Dios el Creador. Por ello, una expresión común para denotar a todos los seres vivos, en especial a los humanos, es «toda carne», lo cual significa «toda criatura». Cuando, en vista de su confianza en Dios el salmista pregunta, ¿qué puede hacerme la carne [el hombre]? (Salmo 56:4), lo que quiere decir es que, teniendo a Dios como su protector, nada pueden hacerle los meros seres humanos (cf. Jer 17:5). en su angustia, Job le pregunta a Dios, «¿Tienes acaso ojos de carne? ¿Ves quizá como los humanos? Aunque cuando se utiliza de este modo, el término «carne» no es neutral, no expresa tampoco un juicio moral negativo; lo que denota es el carácter frágil y dependiente del ser humano en tanto que criatura. Para el hebreo, sería impensable plantear que el pecado pudiera estar asentado en la carne, puesto que sus orígenes están en el corazón humano.

   Aunque Pablo rara vez utiliza el término griego sarx en este sentido fundamental, como una referencia al cuerpo físico, sí lo hace con regularidad para aludir, de algún modo, a nuestra humanidad. Puede así hablar de «Israel según la carne» (1 Cor 10:18), o de Abraham como nuestro antepasado «según la carne» (Ro 4:1), o de Jesús como descendiente de David «según la carne» (Ro 1:3), cual significa en cada caso «según la descendencia humana normal». Del mismo modo, Pablo reconoce la vida humana presente como una existencia «aun en la carne», (p. ej., Gál 2:20; 2 Cor 10:3), es decir, vivida en el cuerpo humano actual, caracterizado como está por su fragilidad.

   Sin embargo, Pablo utiliza también el término sarx en un sentido menos frecuente, derivado en parte del judaísmo del periodo intertestamentarios, pero marcado por su idea esencialmente escatológica de la vida en el mundo. Para él, «carne» denota humanidad, no simplemente en su debilidad como criatura ante Dios, sino también en su estado caído y completamente hostil a Dios de toda manera concebible. este es el sentido de su contraste de la vida «según la carne» con la vida «según el espíritu». La una describe el presente siglo malo en términos de la condición caída de la Humanidad, condición en la que, por naturaleza, cada cual se apartó por su camino; la otra describe la era escatológica que ha despuntado con la venida de Cristo y el espíritu como hemos visto en el anterior capítulo 5.

   Todo ello hace que el término sarx no sea fácil de traducir. La NVI utiliza a menudo la expresión «naturaleza pecaminosa».» Esta traducción funciona bien en Romanos 7 donde Pablo está describiendo el fracaso de su antigua vida bajo la Ley. La «carne» representa «otra Ley en sus miembros» que se levanta para derrotar a la Ley de Dios y que, de este modo, hace de la Ley un principio impotente. esta «otra Ley» es su propia «naturaleza pecaminosa». Sin embargo, esta traducción no funciona bien en otros lugares, donde alude a lo que caracteriza a todo el mundo en su presente estado caído. El ejemplo más claro en el que vemos a Pablo utilizando los dos sentidos básicos de esta palabra («fragilidad humana» y «estado caído») lo encontramos en 2 Corintios 10:2-4. Acusado de actuar «según la carne» en el sentido moral negativo, Pablo admite, a fin de desarrollar su argumento, que es cierto que vive «en la carne», con lo cual quiere decir, «en la debilidad y limitaciones de su presente estado mortal». Sin embargo, sigue adelante diciendo, que, en el conflicto espiritual, no milita «según la carne», es decir, en consonancia con el estado caído que caracteriza esta era presente y que, en virtud de la Cruz y la resurrección está camino de desaparecer. este argumento no funciona si, en ambos casos, se entiende el término «carne» en su sentido moralmente negativo.

   Nos interesa principalmente este último sentido de «carne» como expresión del estado humano caído. en esta acepción, el término ha perdido completamente su relación con el ámbito físico y se ha convertido en una palabra estrictamente escatológica y moralmente negativa que describe la existencia desde la perspectiva de quienes no conocen a Cristo, y que viven, por tanto, como enemigos de Dios. en su aplicación a los creyentes, les describe únicamente antes de ocupar su posición en Cristo y de vivir por el espíritu. ~n este asunto, todos los conflictos tienen que ver con el pueblo del espíritu, creyentes en Cristo que siguen comportándose según su perspectiva y valores precristianos. en este sentido, lo que Pablo dice siempre es, «[basta ya! Despojaos del viejo hombre, y vestíos del nuevo» (Ef. 4:22, 24). Mi argumento es, pues, que siempre que el término «carne» aparece en contraste con el espíritu, tiene este sentido escatológico.

«EL CONTRASTE CARNE-ESPÍRITU EN PABL0»

   En Romanos 7:4-6 Pablo pone de relieve su idea de que, igual que la observancia de la Torá, la carne formaba parte del pasado de la vida del creyente: «mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas despertadas por la Ley, actuaban en los miembros de nuestro cuerpo a fin de llevar fruto para muerte. Pero ahora hemos quedado libres de la Ley, habiendo muerto a lo que nos ataba, de modo que sirvamos en la novedad del espíritu». En 2 Corintios 5:14-17 el apóstol explica vívidamente el modo en que entiende esto:

   Pues el Amor de Cristo nos apremia, habiendo llegado a esta conclusión: que uno murió por todos, por consiguiente, todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. De manera que nosotros de ahora en adelante ya no conocemos a nadie según la carne; aunque hemos conocido a Cristo según la carne, sin embargo, ahora ya no le conocemos así. De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas.

   La muerte y resurrección de Jesús y el don del espíritu lo han cambiado todo. En primer orden de cosas se describe en términos de «carne», ese punto de vista esencialmente egocéntrico y centrado en la criatura, que llevaba a los corintios a considerar a Pablo, como también en otro tiempo habían considerado a Cristo: como débil y, por tanto, no de Dios. La carne percibe las cosas desde el punto de vista de la antigua era, en la que el valor y la importancia de las cosas están en el poder, la influencia, la riqueza y la sabiduría (cf. 1 Cor 1:26-31).

   Sin duda, esta cosmovisión sigue vigente, sin embargo, para quienes están en Cristo, todo esto ha pasado; ha llegado lo nuevo, el tiempo del espíritu, en el que ha habido un cambio total en la definición de lo que tiene valor o importancia. ~I nuevo modelo es la Cruz: el poder no está en lo externo, sino en el espíritu que mora en el creyente y por Gracia está renovando el «ser interior» (2 Cor 4:16), transformándonos a la semejanza del propio Dios (representado en último término en Cristo por medio de la Cruz).

   Esta idea escatológica del contraste carne/Espíritu está también en otros pasajes:

   ▬ 1. «No pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales», dice Pablo a los corintios (1 Cor 3:1). La ironía de esta frase está en el hecho de que los corintios, que se tenían por espirituales, estaban pensando del mismo modo que antes de conocer a Cristo, exactamente igual que los dirigentes religiosos de este periodo provisional que crucificaron a Cristo (2:6-8). Su actitud hacia el sufrimiento de Pablo y el mensaje de la Cruz, les hacía efectivamente aliados de aquellos que asesinaron a Cristo viendo las cosas desde la perspectiva de la carne.

   Esta terminología es evidentemente escatológica. Además, no refleja ninguna batalla interna en el creyente entre estas dos clases de existencia. Por el contrario, describe las características esenciales de las dos edades que coexisten la una junto a la otra, en una oposición sin tregua en nuestra presente existencia en el «ya, pero todavía no». Una de ellas, la carne, ha sido condenada y está camino de desaparecer; los creyentes han de terminar con ella. Pablo les estimula a vivir la verdadera vida del espíritu.

  ▬ 2. De manera similar, en Filipenses 3:3 Pablo advierte contra aquellos que insisten en la circuncisión. Describe a los creyentes como aquellos que sirven «en el Espíritu de Dios, […] no poniendo la confianza en la carne». Aquí, «carne» significa auto confianza basada en una relación supuestamente privilegiada con Dios que se evidencia por la circuncisión. Sin embargo, y como se pone de relieve en el capítulo 9, el Espíritu se opone también a cualquier forma de observancia de la Torá (porque El mismo es su cumplimiento). Por tanto, también éstas son realidades básicamente escatológicas. Volver a la circuncisión, es decir, poner la «confianza en la carne», significa volver a aquello que ha finalizado con la muerte y resurrección de Cristo y el don del Espíritu.

   ▬3. Los intensos contrastes de Romanos 8:5-8 no tratan tampoco de los conflictos interiores del alma. Pablo describe de nuevo los dos tipos de existencia e indica su absoluta incompatibilidad. Aquellos que andan según la carne -y en el contexto queda claro que no se refiere a creyentes-, sino a aquellos que están todavía fuera de Cristo «ponen la mente en lo que desea la carne» (v, 5). Este modo de pensar es hostil a Dios. No se sujeta de hecho, no puede sujetarse a la Ley de Dios. No puede agradar a Dios (¿cómo podría?), y termina en muerte. Esta clase de experiencia no describe la vida cristiana, ni en los escritos de Pablo, ni en ningún otro lugar del Nuevo Testamento. El pueblo de Dios que vive en el Espíritu se contrapone absolutamente a quienes andan según la carne. Sus pensamientos se dirigen a las cosas del espíritu (¿qué otra cosa se puede esperar si sus mentes han sido renovadas por el espíritu?); en lugar de hostilidad hacia Dios, viven en paz; y en lugar de muerte experimentan vida.

   Romanos 8:9 deja claro que ésta es la clase de conflicto de que habla Pablo, puesto que se dirige a los creyentes, subrayando

«pero ustedes no están en la carne [en el sentido de los de los vv. 7-8 que andan en la carne] sino en el espíritu [una forma completamente nueva de existencia], si en verdad el espíritu de Dios habita en ustedes».

   Sin embargo, Pablo reconoce también que la vida en el espíritu no es un agradable paseo por el parque y, por ello, en Romanos 8:12-13 aplica a sus vidas el contenido de los versículos 1-11, recordándoles que, por medio del espíritu, han de hacer morir todo aquello a lo que ya han muerto (de nuevo el «ya, pero todavía no»). Anteriormente estaban controlados por la carne y, consiguientemente, obligados bajo su mandato. Su obligación es ahora para con el espíritu, para andar en sus caminos, guiados por Él (v, 14).

   La vida en el espíritu no es pasiva, ni la obediencia, automática. Seguimos viviendo en el mundo real; después de todo, somos tanto «ya» como «todavía no». Por tanto, el imperativo para el «ya» es andar en/por el espíritu. esto asume que vivimos en un mundo muy controlado por la carne; sin embargo, asume también que en este mundo vivimos como personas diferentes, guiadas por el espíritu y capacitadas por ~I, para producir el fruto de justicia, en lugar de seguir con las obras de la carne. esto nos lleva por último a Gálatas 5:17 y Romanos 7:13-25. Puesto que no tiene nada que ver con este contraste, vamos a comenzar con el pasaje de Romanos, para concluir después con otra ojeada al texto de Gálatas. (ver el Rom. capítulo 10).

«LA LUCHA DE ROMANOS 7:13-25»

   ¿Qué podemos decir de la narración intensa y profundamente emotiva acerca del conflicto interno de Pablo en Romanos 7:13-25? ¿No sugiere acaso este pasaje que el propio Pablo, aunque hombre espiritual, vivió una constante lucha interior contra los envites de la carne? A primera vista, y considerando el pasaje fuera de contexto, podría colegirse que sí. Sin embargo, hay tres cosas que revelan lo contrario: el contexto inmediato, lo que Pablo dice explícitamente y lo que no dice.

   Todo el contexto tiene que ver con el lugar que ocupa la Torá en la vida cristiana. en los versículos 1-6, Pablo ha dejado claro que el creyente no tiene nada que ver con ella, reiterando una vez más esta cuestión. Con la muerte de Cristo hemos muerto en relación con la Ley (v, 4). Y no solo eso, añade el apóstol, sino que hemos muerto también por lo que a la carne respecta (vv. 5-6; obsérvese el tiempo pasado, «cuando estábamos en la carne»). Sin embargo, Pablo es consciente de que, hasta este momento, ha venido desarrollando un argumento muy duro contra la Ley, que no será precisamente bien recibido por sus lectores cristianos de origen judío. Por otra parte, él mismo no considera que la Ley sea algo malo. Al contrario, su problema con la Ley radica solo en su inadecuación: en su impotencia para capacitar a quienes están bajo sus dictados, a fin de que sus demandas se cumplan. De modo que en 7-25, Pablo se propone exonerar a la Ley de cualquier vislumbre de acusación en el sentido de que ésta sea intrínsecamente mala, puesto que está vinculada a nuestra muerte. Para demostrarlo desarrolla dos argumentos. En primer lugar, dice en los versículos 7-12: «lo que ‘me’ mató – y en este párrafo, aunque Pablo utiliza la primera persona del singular, lo hace con sentido genérico, aludiendo a todos los judíos- no fue la Ley, sino la innata pecaminosidad que la Ley estimuló». La Ley está, sin duda, relacionada con la muerte, pero no es su causa directa, sino su instigadora.

   Sin embargo, también esto podía poner en entredicho a la Ley, y por ello comienza de nuevo (v, 13), insistiendo esta vez en que no se puede culpar a la Ley. Su única falta radica en su impotencia para hacer nada respecto al pecado que incita en nosotros, y que nos hace vívidamente conscientes de la absoluta «pecaminosidad» del pecado. esto se expresa con una gran intensidad, y de un modo que hace que quienes pretenden agradar a Dios sobre la base de la Ley se puedan sentir identificados. En último término no, se trata de una lucha absolutamente inútil. Para la persona que se esfuerza bajo la Ley, sin haber experimentado el don del (espíritu, el pecado y la carne son poderes superiores contra los que nada puede.

   En Romanos 8. Pablo introduce a Cristo y al Espíritu como la respuesta de Dios al grito angustiado de 7:24. No es solo que en Cristo no haya condenación (es decir, el juicio que tanto merecemos se ha convertido en algo del pasado por la muerte de Cristo), sino que ahora vivimos por una nueva «Ley», la Ley del (espíritu de vida (8:2). Lo que la Leyera incapaz de hacer por nosotros, lo ha hecho Cristo (de manera posicional), y el (espíritu lo hace real en nosotros (de manera experimental) cuando «andamos en el (espíritu» (vv. 3-4).

   En conclusión, presentamos tres sencillos puntos:

▬1. El tema esencial de Pablo en este pasaje es la experiencia del ser humano bajo la Ley; y una cosa está meridianamente clara al respecto, y es que Pablo no se veía a sí mismo bajo la Ley. Lo que describe desde su perspectiva, ahora cristiana, es la vivencia bajo la Ley antes de la venida de Cristo y del Espíritu. La utilización en su exposición de la primera persona del singular y del tiempo presente, sirven para agudizar la intensidad de sus sentimientos hacia la completa impotencia de la Ley para resolver el verdadero problema del pecado.

▬2. La persona que aquí se describe nunca se lleva la mejor parte. Estar bajo la impotente Ley, ante los más poderosos enemigos carne y pecado, significa ser vendido como un esclavo e incapaz, por tanto, de hacer lo que la Ley exige. Esta descripción es completamente incompatible con la idea que tiene Pablo de la vida en Cristo impartida por el Espíritu.

▬ 3. En todo el pasaje (vv. 7-25) no hay ni una sola mención del Espíritu. Se le nombra por última vez en el versículo 6 como la clave de nuestra nueva vida en Cristo, quien ha puesto fin a nuestra relación con la Ley y la carne. Cristo y el Espíritu reaparecen de nuevo en 8:1-2 como la respuesta divina al angustiado clamor de la persona trabada en combate con el pecado ante la impotente mirada de la Ley, que señala su intrínseca pecaminosidad, pero es incapaz de hacer nada al respecto.

   Así, las únicas preguntas que Pablo suscita en todo el pasaje tienen que ver con la Torá: ¿es buena o mala? Y, ¿cómo, si es buena, coadyuva a nuestra muerte? El único tema objeto de análisis es la vida bajo la Ley.

«GÁLATAS 5:17 EN CONTEXTO»

   Bien, ¿pero qué sucede con Gálatas 5:17 donde Pablo dice (literalmente), «porque la carne tiene deseos contra el Espíritu y el Espíritu contra la carne; porque estos [ambas realidades] se oponen el uno al otro, de manera que no podéis hacer lo que deseáis [lo que deseáis hacer]? ¿Acaso estas palabras no indican que existe una lucha interna del Espíritu contra la carne? No, cuando consideramos el versículo en su contexto. De hecho, este texto está en consonancia con los versículos donde aparece este contraste y que hemos considerado anteriormente.

   En el versículo 17 Pablo llega al meollo de un argumento que desarrolla una cuestión acuciante: puesto que la observancia de la Leyes ahora algo del pasado por la venida de Cristo y del Espíritu, ¿qué es lo que ha de garantizar la justicia? Es decir, Pablo dirige su argumento (quizá por anticipado) contra la oposición de cristianos de origen judío que verían esta desviación de la observancia de la Ley como una segura invitación al desenfreno y a la impiedad. De hecho, como se ve de manera explícita en Romanos 3:7-8, e implícitamente en 6:1, a Pablo se le había acusado precisamente de esto.

   De nuevo en este pasaje, Pablo no plantea esta cuestión en términos del creyente individual en su relación personal con Dios, sino en el sentido de que los gálatas están viviendo como antes de su conversión, cuando la carne ejercía su potestad. Por tanto, Pablo les insta a que no permitan que su nueva libertad en Cristo sirva como base de operaciones para la carne (5:13), en su caso, esto significa que dejen las contiendas dentro de la comunidad de la fe (v. 15). En lugar de ello. Han de servirse más bien en amor unos a los otros (v, 13). Va que esta clase de amor «cumple la Ley» (v, 14).

   La respuesta que Pablo da a los versículos 13 y 15 está en 16-26. Comienza en el versículo con el imperativo esencial «andad en el espíritu» (que es también una promesa) «y no llevaréis a cabo los deseos de la carne». Puesto que esto responde al versículo 15 no está, entonces, hablando acerca de la vida interior del creyente, sino de ceder a un comportamiento profano dentro de la comunidad. Al fin y al cabo, todas las obras de la carne que se enumeran a continuación, tienen que ver con la conducta, y ocho de las quince acciones que se mencionan son pecados de discordia dentro de la comunidad de fe.

   El versículo 17 es una explicación del 16 en la que Pablo aclara su idea por medio de lo dicho en los versículos 13-15. En Su interés está esta Elaboración el apóstol no hace sino especialmente en que repetir lo que ya le hemos oído decir la forma de vida del en otros lugares: andar en el espíritu es pueblo de Dios sea una completamente incompatible con la vida radical alternativa a según la carne, porque ambos principios la del mundo que les de vida se oponen por completo el uno rodea.

al otro. V dado que son totalmente incompatibles, quienes viven en el espíritu no pueden hacer lo que les plazca, es decir, su nueva libertad en Cristo no les permite seguir viviendo como antes, mordiéndose y devorándose unos a otros.

   Así pues, el contraste entre la carne y el espíritu tiene que ver con aquellos que han entrado en la nueva forma de vida traída por Cristo y el espíritu; Pablo les está instando a vivir de este modo por el poder del Espíritu. Lo que quiere decir es que el espíritu se opone a la forma de vida de la carne, y tiene todo poder para hacernos capaces de vivir la nueva vida. esto no significa que a Pablo le tenga sin cuidado la vida interior; por supuesto que es un tema Importante para él. Aquí, no obstante, su interés está especialmente en que la forma de vida del pueblo de Dios sea una radical alternativa a la del mundo que les rodea. Quienes así viven por medio del espíritu no seguirán destruyendo la comunidad cristiana con sus disensiones y conflictos.

   En todos los pasajes en que Pablo contrasta al espíritu con la carne, éste insiste en que, por medio de la muerte de Cristo y el don del espíritu, la carne ha sido herida de muerte (muerta, por usar su propio lenguaje). Por tanto, desde el punto de vista del apóstol, no es posible que una persona Espiritual pueda vivir como esclava del pecado, siendo incapaz de hacer el bien que desea por estar sujeta a la Ley del pecado.

   Los creyentes viven entre los tiempos. La vigencia de la carne, ya mortalmente herida, llegará a su fin con la venida de Cristo. Todo el potencial de la vida del espíritu, que es ya una posesión presente, se hará plenamente real en la misma venida. en la medida en que la era presente todavía no ha concluido, seguimos en la necesidad de aprender a andar por el espíritu, conducirnos según el espíritu y sembrar para el espíritu. Todo esto lo podemos hacer precisamente porque el espíritu es suficiente. Según la perspectiva de Pablo, vivimos en la carne solo en el sentido de que nuestra existencia actual se desarrolla en el cuerpo de nuestra humillación, sujeto a las realidades de la era presente; pero no andamos según la carne. Tal forma de vida pertenece al pasado, y quienes así viven están fuera de Cristo y no «heredarán el reino de Dios [final y escatológico)» (Gál 5:21).

   Pablo es siempre realista. La «nueva justicia» que cumple la Torá y que imparte el espíritu, es tanto «ya» como «todavía no». Volviendo por un momento al capítulo anterior, lo que se ha iniciado en nosotros no es la perfección divina, sino lo que hemos llamado «infección divina». ~n primer lugar, ahora nuestras vidas son guiadas por aquel que inspiró la Ley. Sin embargo, esto no significa que el creyente no pueda ser «sorprendido en alguna falta» (Gál 6:1). Para la resolución de este tipo de ofensas contra justas demandas de Dios durante este periodo entre los tiempos, el resto del pueblo de Dios ha de restaurar a tal persona con la mansedumbre del espíritu. esto significa experimentar con regularidad el perdón y la Gracia de Dios. Lo que no significa es que tengamos que aceptar como inevitable una vida en la que pecamos de manera constante y deliberada, como si el espíritu no fuera suficiente para que podamos vivir una vida victoriosa en el presente y tuviéramos que resignarnos a un escape inexorable que deshincha nuestra vida.

   Si esta explicación no satisface plenamente a quienes viven en una lucha constante con algún pecado que les acosa tenazmente, mi palabra para tales personas es que cobren ánimo en el evangelio. No quiero minimizar la lucha en que se encuentran. Pero hemos de recordar que Dios nos ama y ha derramado su amor en nuestros corazones por su espíritu. Para algunas personas, la clave para vivir en el espíritu es pasar mucho más tiempo expresando su gratitud y alabanza a Dios por lo que ha hecho y está haciendo, y promete hacer y menos tiempo en una introspección centrada en su fracaso en cumplir la Ley.

   Siempre que sintamos el impulso de vengarnos por lo que alguien nos ha hecho en lugar de perdonarle como Cristo lo ha hecho con nosotros, estamos experimentando un nuevo recordatorio de que seguimos viviendo en el espacio que media entre el comienzo de la «infección» y el pleno estado de perfección (ver explicación anterior; p. 136). Pero la guía del espíritu también nos impide dejarnos llevar por nuestros impulsos de arremeter con ira contra alguien por lo que nos ha hecho como solíamos hacer antes sin pensarlo demasiado. El espíritu, la presencia misma de Dios, su presencia capacitadora, está en nuestro interior y nos guiará para que respondamos de un modo apropiado.

   Por último, y para llevar esta exposición a su punto de partida, aquí es donde interviene el hecho de que formamos parte del cuerpo de Cristo. Puesto que la meta última de la Salvación en el plano individual es que seamos miembros del Cuerpo de Cristo, unos miembros que crecemos y participamos activamente en su edificación, también nosotros seremos receptores del edificante servicio de otros. No intentemos vivir en solitario nuestra vida cristiana. Pongámonos en contacto con personas de confianza de nuestra congregación a las que podamos abrirnos y rendir cuentas, y unámonos a ellas en el común deseo de crecer a semejanza de Cristo. (Tomado: Pablo, el Espíritu y el Pueblo de Dios Gordon D. Fee).

Amén, para la honra y gloria de Dios.

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